El
Premio Pritzker o La Supremacía de los Expertos
Wang Shu: La excepción que confirma la regla
Si hay una cosa que nos maravilla del mundo
son los expertos. Hay expertos en todos los órdenes de la vida y en todos los
campos del conocimiento. Ellos rigen el rumbo de los acontecimientos y marcan
con tiza en el suelo la delgada línea que separa lo bueno de lo malo, lo
sublime de lo patético, lo genial de lo mediocre. Ellos son el tamiz que
selecciona la pepita de oro entre un montón de piedras sin valor. Ellos saben
extraer el diamante en bruto de una caja llena de brillantes de bisutería.
Etiquetan el mundo y nos dicen a los demás cómo tenemos que ser si queremos
triunfar o fracasar. Ellos toman las decisiones para que nosotros, pobres y
simples mortales, las acatemos y seamos más felices. Piensan por la sociedad y
con sus expertas opiniones definen cuál es el camino correcto. Por nuestro
bien. Por nuestra seguridad. Por nuestra libertad. Por nosotros.
Se escudan bajo el calificativo de expertos y a partir de ahí todo vale. Sus decisiones son consideradas Palabra de Dios y sus sagradas acciones se acatan sin rechistar hasta las últimas consecuencias. Estamos rodeados de expertos. Hubo expertos en el desastre de Fukusima. Fueron expertos aquellos que, no sólo fueron incapaces de prever la devastadora crisis económica que se nos venía encima, sino que contribuyeron con sus decisiones a gestarla, promoverla y amamantarla. Proliferan los expertos en bolsa que trabajan a comisión para grandes corporaciones y manejan a su antojo el devenir de la economía a escala planetaria. Expertos en medicina que siguen a rajatabla los dictados de una industria farmacéutica que les da de comer. Expertos en esto, en lo otro y en lo de más allá. Incluso hay Agencias de Calificación formadas por expertos en diversas disciplinas que deciden qué países merecen estar comiendo mierda en el fondo del pozo y cuáles deben mantenerse cómodamente a flote en la superficie del océano. Y todo esto lo hacen en base a cosas que nosotros, los no-expertos, no entendemos.
Y cómo no podía ser de otra manera también tenemos expertos en nuestra profesión. Una cosa que hacen muy bien estos expertos es poner medallas a otros expertos como ellos para que todos los demás tengamos bien claro cuáles deben ser nuestros referentes, nuestros maestros y nuestros guías.
Esta semana, varios de estos expertos se juntaron en Beijing para decidir quién sería el galardonado con el Premio Pritzker del año 2012. Según algunos: El premio de más prestigio y más peso de los galardones otorgados a los arquitectos. Según la prensa: El Nobel de la Arquitectura. Según nosotros: Una medallita que unos elegidos le colocan a un arquitecto en la solapa.
Se escudan bajo el calificativo de expertos y a partir de ahí todo vale. Sus decisiones son consideradas Palabra de Dios y sus sagradas acciones se acatan sin rechistar hasta las últimas consecuencias. Estamos rodeados de expertos. Hubo expertos en el desastre de Fukusima. Fueron expertos aquellos que, no sólo fueron incapaces de prever la devastadora crisis económica que se nos venía encima, sino que contribuyeron con sus decisiones a gestarla, promoverla y amamantarla. Proliferan los expertos en bolsa que trabajan a comisión para grandes corporaciones y manejan a su antojo el devenir de la economía a escala planetaria. Expertos en medicina que siguen a rajatabla los dictados de una industria farmacéutica que les da de comer. Expertos en esto, en lo otro y en lo de más allá. Incluso hay Agencias de Calificación formadas por expertos en diversas disciplinas que deciden qué países merecen estar comiendo mierda en el fondo del pozo y cuáles deben mantenerse cómodamente a flote en la superficie del océano. Y todo esto lo hacen en base a cosas que nosotros, los no-expertos, no entendemos.
Y cómo no podía ser de otra manera también tenemos expertos en nuestra profesión. Una cosa que hacen muy bien estos expertos es poner medallas a otros expertos como ellos para que todos los demás tengamos bien claro cuáles deben ser nuestros referentes, nuestros maestros y nuestros guías.
Esta semana, varios de estos expertos se juntaron en Beijing para decidir quién sería el galardonado con el Premio Pritzker del año 2012. Según algunos: El premio de más prestigio y más peso de los galardones otorgados a los arquitectos. Según la prensa: El Nobel de la Arquitectura. Según nosotros: Una medallita que unos elegidos le colocan a un arquitecto en la solapa.
Como cada año, la cadena de hoteles Hyatt con
el Barón Peter Palumbo a la cabeza, han decidido quién tendrá el honor de recibir esa codiciada medalla de bronce. Algo parecido a que Paris Hilton se pusiera a nombrar a una comisión de sabios para elegir al próximo Nobel de Física.
Globos de Oro, Óscars de Hollywood, Nobeles
varios, Principes de Asturias, Pritzkers o el Premio de la revista Cuore a la
famosa peor vestida del año. Todos los premios son la misma cosa. Todos tienen,
para nosotros, la misma relevancia. Es decir, ninguna.
Este año los expertos determinaron que el
ilustre galardonado con el Premio Pritzker 2012 debía ser el arquitecto chino
de 48 años Wang Shu. Resulta gracioso ver a la Expertísima Señora Zaha Hadid
hablando del valor de la artesanía, del respeto por el medio ambiente, de
sostenibilidad, de la grandeza de una arquitectura vernácula, del gusto por la
sencillez constructiva, de una arquitectura low-cost, de la honestidad de los
materiales, de la importancia de tener en cuenta las necesidades locales y de
la gran profundidad filosófica de la obra de Shu en la que conviven de forma
armoniosa tradición y modernidad. Resulta tremendamente cómico, la verdad.
En el Siglo de la Hipocresía uno ya no se
sorprende por nada. Simplemente esboza una sonrisa y mira para otro lado. Como
si fuéramos todos parte de una gigantesca pantomima en la que nada tiene
lógica, en la que nada tiene relevancia. Un teatro absurdo donde la mentira
lo inunda todo y la incoherencia es el lenguaje del común de los mortales.
Y eso mismo es lo que supone para nosotros el
Pritzker: Una fiesta para celebrar la Supremacía de los Expertos, creada por
los Expertos y destinada a señalar con el dedo a aquellos Nuevos Expertos que
formarán parte de su escogido, selecto y elitista club.
Wang Shu: La excepción que confirma la regla
Curiosamente fue hace poco más de un mes
cuando escuchamos por primera vez su nombre. Fue en una especie de conferencia
en la Universidad de Harvard en la que Wang Shu hablaba acerca del Museo de
Historia de Ningbo. En ese video vimos un perfil de arquitecto poco (o mejor
dicho, nada) frecuente en China. No es habitual en este país escuchar de boca
de un arquitecto temas relacionados con el slow-build, la economía de
materiales, la importancia de la reflexión y el tiempo, la sinceridad en la
construcción, la artesanía, el reciclaje, el gusto por el detalle y la preocupación
por la destrucción de la arquitectura tradicional china y por el imparable (y
absolutamente devastador) desarrollo urbanístico del país.
Wang Shu era un arquitecto diferente. Para empezar, era un arquitecto crítico. Y no sólo era crítico con el trabajo irreflexivo y carente de cualquier tipo de pensamiento arquitectónico de la mayor parte de los arquitectos y urbanistas en China, sino que también lo era con muchas de las decisiones y actitudes de su propio Gobierno destinadas únicamente al fomento y amparo este proceso de especulación salvaje. Era un arquitecto que se mostraba contrario a las expropiaciones a golpe de maza que suele llevar a cabo el Gobierno Chino a la hora de promover los gigantescos planes urbanísticos que están convirtiendo a este país en un lugar carente de personalidad y de carácter. Expresó en multitud de ocasiones su absoluta oposición a la repetición y copia indiscriminada de modelos urbanos más orientados a las macro-operaciones económicas de los grandes inversores que a las necesidades reales de los ciudadanos de a pie. Era alguien capaz de construir arquitecturas de una calidad casi imposible de encontrar en el resto del país. Era, en definitiva, un profesional que trabaja día a día tratando de demostrar que se pueden hacer las cosas de otro modo.
Wang Shu era un arquitecto diferente. Para empezar, era un arquitecto crítico. Y no sólo era crítico con el trabajo irreflexivo y carente de cualquier tipo de pensamiento arquitectónico de la mayor parte de los arquitectos y urbanistas en China, sino que también lo era con muchas de las decisiones y actitudes de su propio Gobierno destinadas únicamente al fomento y amparo este proceso de especulación salvaje. Era un arquitecto que se mostraba contrario a las expropiaciones a golpe de maza que suele llevar a cabo el Gobierno Chino a la hora de promover los gigantescos planes urbanísticos que están convirtiendo a este país en un lugar carente de personalidad y de carácter. Expresó en multitud de ocasiones su absoluta oposición a la repetición y copia indiscriminada de modelos urbanos más orientados a las macro-operaciones económicas de los grandes inversores que a las necesidades reales de los ciudadanos de a pie. Era alguien capaz de construir arquitecturas de una calidad casi imposible de encontrar en el resto del país. Era, en definitiva, un profesional que trabaja día a día tratando de demostrar que se pueden hacer las cosas de otro modo.
Hace poco escribimos en Twitter la siguiente
frase: “En #China sobra
producción sin reflexión y falta pensamiento crítico, análisis y capacidad de
anticipación a problemas futuros”
Wang Shu era exactamente la excepción que
destrozaba aquella afirmación. La excepción que confirmaba la regla. El
problema es que, en general, las excepciones no son precisamente lo que más le
interesa fomentar al Gobierno Chino.
Wang Shu se convirtió, por tanto, en el
personaje perfecto para atraer las miradas de los expertísimos Señores del Pritzker
porque reunía todo lo que necesitaban para quedar bien a partes iguales tanto
con China como con Occidente. Este es el doble juego de siempre: Por un lado, premiamos
a China reconociendo su importancia y su influencia en el mundo y por otro
exportamos a occidente la imagen de que hemos premiado a un tipo independiente,
poco afín a los criterios del Gobierno Chino y moderadamente crítico con sus
decisiones especulativas bajo la idea de un supercrecimiento ilimitado y
carente de cualquier tipo de pensamiento crítico.
Lo mismo ocurre en todos los ámbitos:
Occidente critica duramente a China por su doble rasero en política económica, por la censura,
por la falta de libertad individual y por ciertas vulneraciones de los derechos
humanos, pero acto seguido esos mismos Gobiernos Occidentales no dudan ni un
instante en seguirle el juego al gigante asiático sin rechistar como dóciles
corderitos. Occidente le da pequeñas collejas a China vanagloriándose por ello, y acto seguido se pone de
rodillas para rendir pleitesía a la segunda potencia económica mundial. ¿Por
qué? Pues porque su poder es incalculable y hay que mantenerles contentos para
que no les dejen fuera de sus negocios.
Y los Señores Expertos del Pritzker de este
año han pensado exactamente lo mismo: “Hay que tener satisfecho al Gran Dragón porque
es la única manera de asegurarnos que cuando todo el banquete esté bajo su dominio, nos
permita rechupetear los huesos y coger las sobras que él tire al suelo. Pero
también hay que demostrar al mundo que somos capaces de dar mini-lecciones de
moral premiando a un tipo que ha tenido ciertas diferencias con las decisiones
de su Gobierno”
Esto, como comprenderán, le ha molestado a China tanto como el mordisco de una pulga a un Tiranosaurio Rex. Es decir: Nada. A este país no le interesan los individualismos con proyección internacional porque con el paso del tiempo pueden resultarle molestos y volvérseles en su contra, como ya ha pasado otras veces. El problema es que Wang Shu no es Ai Wei Wei ni mucho menos.
Así que simplemente todo el mundo ha salido ganando. La arquitectura china tiene por fin su reconocimiento internacional (aunque el galardonado sea sólo una gota de genialidad dentro de un océano de especuladores que danzan al son del comunismo de mercado del Gobierno Chino), la arquitectura occidental tiene a su pequeño y desconocido héroe asiático (porque este año el Trending Topic que tocaba era la artesanía, el anti star-architect y la sostenibilidad, al igual que otros años ha sido todo lo contrario) y todos nosotros tenemos una nueva figura que añadir a nuestra lista de búsquedas en internet.
Esto, como comprenderán, le ha molestado a China tanto como el mordisco de una pulga a un Tiranosaurio Rex. Es decir: Nada. A este país no le interesan los individualismos con proyección internacional porque con el paso del tiempo pueden resultarle molestos y volvérseles en su contra, como ya ha pasado otras veces. El problema es que Wang Shu no es Ai Wei Wei ni mucho menos.
Así que simplemente todo el mundo ha salido ganando. La arquitectura china tiene por fin su reconocimiento internacional (aunque el galardonado sea sólo una gota de genialidad dentro de un océano de especuladores que danzan al son del comunismo de mercado del Gobierno Chino), la arquitectura occidental tiene a su pequeño y desconocido héroe asiático (porque este año el Trending Topic que tocaba era la artesanía, el anti star-architect y la sostenibilidad, al igual que otros años ha sido todo lo contrario) y todos nosotros tenemos una nueva figura que añadir a nuestra lista de búsquedas en internet.
Una conclusión optimista
Nos comentan en Twitter que mucha gente piensa
que hay más política que arquitectura detrás de este premio. Pues hemos de
decir abiertamente que, tal y como hemos explicado en el punto anterior,
creemos firmemente que así es. Pero no es algo que ocurra únicamente con el
fallo de este premio en concreto sino que sucede igualmente en casi todos los
premios de los que ya hemos hablado, donde las verdaderas decisiones para
otorgarlos suelen estar más motivadas por razones totalmente periféricas a lo
que realmente se vende al público, ya sean estas políticas, económicas, estratégicas
o puramente basadas en un intercambio de favores.
La repercusión y difusión de este premio ha sido muy escasa en China. Tan sólo alguna breve reseña en unos pocos medios de comunicación. Se ha informado, pero no se le ha dado ni bombo ni platillo. Al Gobierno Chino no le interesa poner un altavoz que pueda traspasar fronteras a personajes con posibilidad de emitir opiniones contrarias al desarrollo económico y especulativo que ellos mismos promueven. Así que la cosa se ha quedado ahí: Un arquitecto, poco o nada conocido hasta ahora más allá de las fronteras de China, cuyo trabajo ha sido valorado, reconocido y premiado por Occidente.
La repercusión y difusión de este premio ha sido muy escasa en China. Tan sólo alguna breve reseña en unos pocos medios de comunicación. Se ha informado, pero no se le ha dado ni bombo ni platillo. Al Gobierno Chino no le interesa poner un altavoz que pueda traspasar fronteras a personajes con posibilidad de emitir opiniones contrarias al desarrollo económico y especulativo que ellos mismos promueven. Así que la cosa se ha quedado ahí: Un arquitecto, poco o nada conocido hasta ahora más allá de las fronteras de China, cuyo trabajo ha sido valorado, reconocido y premiado por Occidente.
En conclusión, y siendo moderadamente
optimistas, nos gustaría decir que esperamos que el Premio Pritzker de este año
sirva al menos para ir (poco a poco) creando cierta conciencia en China de que
hay otras maneras de trabajar, de reflexionar y de hacer arquitectura, que
funcionan notablemente mejor y dan otro carácter a las ciudades, dotándolas de
una personalidad de la que carecen por completo actualmente. Los políticos,
arquitectos, urbanistas y developers chinos están creando un país homogéneo y
plano a base de repetir modelos obsoletos en los que se comenten una y otra vez
los mismos errores. China tiene una infinita colección de ciudades sin gancho,
producto de una actuación masiva, invasiva y descontrolada donde prima la
velocidad y la repetición de patrones y donde se deja voluntariamente a un lado
la reflexión, el criterio, la flexibilidad y la singularidad.
Como en todo, por supuesto, hay excepciones. Existen ciudades como Shanghai que traen implícita su singularidad de serie, gracias a una fantástica herencia urbanística y arquitectónica que han hecho que esta sea una metrópolis con una gran flexibilidad y adaptabilidad a todas las actuaciones contemporáneas que han ido arrasando y devastando progresivamente cualquier signo de ese pasado de excelencia. Shanghai ha logrado mantener su distinción, absorbiendo con estilo y clase esas actuaciones masivas y descontroladas... convirtiendo la fealdad en pintoresquismo urbano, transformando la mediocridad en singularidad y haciendo que los errores pasen elegantemente desapercibidos.
Esperemos, por tanto, que este Pritzker sirva para ir creando conciencia y ayudando a que muchos, poco a poco y paso a paso, tengan ganas de volver a creer que se pueden hacer las cosas de otro modo. Y lo hagan.
Como en todo, por supuesto, hay excepciones. Existen ciudades como Shanghai que traen implícita su singularidad de serie, gracias a una fantástica herencia urbanística y arquitectónica que han hecho que esta sea una metrópolis con una gran flexibilidad y adaptabilidad a todas las actuaciones contemporáneas que han ido arrasando y devastando progresivamente cualquier signo de ese pasado de excelencia. Shanghai ha logrado mantener su distinción, absorbiendo con estilo y clase esas actuaciones masivas y descontroladas... convirtiendo la fealdad en pintoresquismo urbano, transformando la mediocridad en singularidad y haciendo que los errores pasen elegantemente desapercibidos.
Esperemos, por tanto, que este Pritzker sirva para ir creando conciencia y ayudando a que muchos, poco a poco y paso a paso, tengan ganas de volver a creer que se pueden hacer las cosas de otro modo. Y lo hagan.
Esperemos que, por una vez en la historia, la
decisión de los expertos haya servido para algo... y el mordisco de la pulga
sobre el áspero y acorazado lomo del Dragón le haga revolverse de dolor y modificar
ligeramente la peligrosa senda por la que estaba transitando.





